miércoles, 12 de agosto de 2015

El señor Woodhouse

Al señor Woodhouse, a su manera, le gustaba la sociedad. Le gustaba mucho que sus amigos vinieran a verle, y, por varias causas unidas, por su larga residencia en Hartfield, y su buen carácter, su fortuna, su casa y su hija, podía regir las visitas de su pequeño círculo en la medida en que le parecía bien. No tenía mucho trato con ninguna familia más allá de ese círculo; su horror a trasnochar y a las grandes comilonas le hacía incapaz para conocidos que no le visitaran en sus propios términos. Afortunadamente para él, Highbury, incluyendo Randalls en la misma parroquia, y Donwell Abbey en la parroquia de al lado, incluía muchos así. No sin frecuencia, por persuasión de Emma, tenía a comer con él algunos de los mejores y los elegidos, pero lo que prefería eran las veladas, y, a no ser que se imaginara en algún momento incapaz de compañía, apenas había una velada en la semana en que Emma no pudiera ponerle la mesa de jugar a las cartas. Una auténtica y madura estimación traía a los Weston y al señor Knightley; por parte del señor Elton, un joven que vivía solo sin que eso le gustara, el privilegio de cambiar cualquier vacía velada de su soledad sin contenido por las elegancias y la sociedad del salón del señor Woodhouse y las sonrisas de su deliciosa hija, no era una cosa para rechazar.Después de esos venía un segundo grupo, entre los más aceptables de los cuales estaban la señora y la señorita Bates y la señora Goddard, tres señoras siempre dispuestas a atender una invitación de Hartfield, y a las que se traía y llevaba a casa tan a menudo que al señor Woodhouse no le parecía que era trabajo para James ni para los caballos. Si hubiera ocurrido solo una vez al año, habría sido enojoso.La señora Bates, viuda del anterior vicario de Highbury, era una señora muy vieja casi más allá de todo lo que no fuera té y quadrille. Vivía con su hija soltera, con mucha estrechez, y se la consideraba con toda la estimación y el respeto que pueda provocar una vieja inofensiva en tales circunstancias tan poco propicias. Su hija disfrutaba de un grado extraordinario de popularidad para una mujer que no era ni guapa, ni rica, ni casada. La señorita Bates estaba en la peor situación ante el mundo por tener tanto favor público, y no tenía superioridad intelectual con que excusarse o con que asustar a los que pudieran detestarla, haciéndoles respetarla exteriormente. Nunca había presumido de bella o de lista. Su juventud había pasado sin nada especial, y su media edad se dedicaba al cuidado de una madre achacosa y al esfuerzo de estirar todo lo posible unos pequeños ingresos. Y sin embargo era una mujer feliz, y una mujer a quien nadie nombraba sin buena voluntad. Era su propia buena voluntad hacia todos y su temperamento resignado lo que obraba tales milagros. Quería a todo el mundo, estaba interesada en la felicidad de todo el mundo, apreciaba enseguida los méritos de todo el mundo; se consideraba una criatura muy afortunada y rodeada de bendiciones con tan excelente madre y tantos buenos vecinos y amigos y un hogar en que no faltaba nada. La sencillez y el buen humor de su carácter, su ánimo contento y agradecido eran una recomendación ante todos y una mina de felicidad para ella misma. Charlaba mucho sobre pequeños asuntos, lo que encajaba exactamente con el señor Woodhouse, lleno de comunicaciones triviales y de cotilleo inocuo.La señora Goddard era directora de una escuela; no de una residencia, o de una institución, ni de nada que profesara, en largas frases de refinada tontería, combinar perfeccionamientos liberales con moralidad elegante basándose en nuevos principios y sistemas, y donde por enormes honorarios se arrancara a las señoritas su salud para meterles vanidad; no, sino de un auténtico y honrado internado a la antigua, donde se vendían a precio razonable una razonable cantidad de logros, y donde se podía mandar a las chicas, quitándolas de en medio, para que se las arreglaran por su cuenta instruyéndose un poco, sin peligro de volver hechas unas niñas prodigio. La escuela de la señora Goddard tenía gran reputación, y con razón; pues Highbury se consideraba como un lugar especialmente saludable: tenía una amplia casa con jardín, daba a las chicas abundante alimentación sana, las dejaba correr mucho por ahí en verano, y en invierno les curaba los sabañones. No es extraño que una comitiva de veinte jóvenes parejas caminaran ahora detrás de ella a la iglesia. Era una mujer sencilla, maternal, que había trabajado mucho en su juventud, y ahora se consideraba con derecho a alguna vacación de vez en cuando o una visita para tomar el té; y habiendo debido antes mucho a la bondad del señor Woodhouse, sentía que él tenía derecho especial a hacerla dejar siempre que pudiera su bien arreglado salón, todo decorado de labores, y ganar o perder unos pocos medios chelines junto a su fuego.Esas eran las damas que Emma podía reunir muy frecuentemente; y bien contenta que estaba, en atención a su padre, de poderlo, aunque, por lo que tocaba a ella misma, eso no era remedio para la ausencia de la señora Weston. Le encantaba ver a su padre con cara de estar a gusto, y se sentía muy satisfecha de sí misma por arreglar las cosas tan bien, pero la sosegada garrulería de tres mujeres semejantes le hacía sentir que toda velada así pasada era, en efecto, una de las largas veladas que había presentido con temor.Una mañana en que estaba sentada, previendo exactamente un final así para el día presente, le trajeron una nota de la señora Goddard, solicitando, en términos muy respetuosos, que le permitiera llevar consigo a la señorita Smith; una petición muy bien recibida, pues la señorita Smith era una chica de diecisiete años a quien Emma conocía muy bien de vista y por la que había sentido interés desde hacía mucho, a causa de su belleza. Se devolvió una invitación muy amable, y la velada ya no fue temida por la hermosa dueña de la mansión.Harriet Smith era hija natural de alguien. Alguien la había colocado, hacía unos años, en la escuela de la señora Goddard, y alguien la había elevado, después, de la condición de colegiala a la de residente que recibía en el salón. Eso era todo lo que se sabía por ahí de su historia. No tenía amigos visibles sino los que había adquirido en Highbury, y ahora acababa de volver de una larga visita en el campo a unas jóvenes señoritas que habían estado en la escuela allí con ella.Era una muchacha muy guapa, y su belleza daba la casualidad de que era de un tipo que Emma admiraba particularmente. Era baja, rolliza y atractiva, con un hermoso color, ojos azules, pelo claro, facciones regulares, y un aire de gran dulzura; y, antes que acabara la velada, Emma estaba tan satisfecha de sus modales como de su persona, y muy decidida a continuar el trato.No le impresionó nada especialmente agudo en la conversación de la señorita Smith, pero, en conjunto, la encontró muy atractiva —no incómodamente tímida, ni reacia a hablar— y, sin embargo, muy lejos de imponerse, mostrando una deferencia tan adecuada y propia, y pareciendo tan placenteramente agradecida por ser admitida en Hartfield, y tan candorosamente impresionada por el aspecto de todo, en un estilo tan superior a lo que estaba acostumbrada, que debía de tener buen juicio y merecía estímulo. Y se le daría ese estímulo. Esos dulces ojos azules y todas esas gracias naturales no debían desperdiciarse con la sociedad inferior de Highbury y sus conexiones. Los conocidos que ya tenía eran indignos de ella. Las personas a quienes acababa de dejar, aunque muy buena gente, debían de hacerle daño. Eran una familia llamada Martin, a quien Emma conocía muy bien de oídas, porque tenían arrendada una gran finca del señor Knightley, y que residían en la parroquia de Donwell, muy decentemente, creía ella —sabía que el señor Knightley tenía gran estima por ellos—, pero debían de ser toscos y sin pulir, y muy inadecuados para ser íntimos de una muchacha que solo necesitaba un poco más de conocimientos y un poco más de elegancia para ser perfecta. Ella sí que la apreciaría, ella la mejoraría, ella la separaría de sus malos conocidos y la introduciría en la buena sociedad; ella le inculcaría sus opiniones y sus maneras. Sería un empeño interesante, y, ciertamente, muy bondadoso: altamente adecuado a su propia situación en la vida, a su ocio, y a su capacidad.Tan ocupada estaba en admirar esos dulces ojos azules, en hablar y escuchar, y en formar todos esos proyectos, mientras tanto, que la velada voló a velocidad desacostumbrada; y la mesa de la cena, que siempre cerraba tales reuniones, y que ella acostumbraba a esperar sentada mirando la hora, estuvo toda puesta y preparada, y avanzada hacia el fuego, antes que se diera cuenta. Con una animación más allá del común impulso de un espíritu que, sin embargo, nunca era indiferente al mérito de hacerlo todo bien y con atención, con la auténtica buena voluntad de una mente complacida en sus propias ideas, hizo entonces todos los honores de la cena, y sirvió y recomendó el picadillo de pollo y las ostras con un apremio que sabía que sería aceptable a los tempranos horarios y los corteses escrúpulos de sus invitados.En semejantes ocasiones, los sentimientos del señor Woodhouse estaban tristemente en discordia. Le encantaba que se pusieran los manteles, porque esa había sido la moda en su juventud; pero su convicción de que las cenas sentaban muy mal le hacía más bien lamentar ver todo lo que se sirviera; y aunque su hospitalidad le habría hecho ver con gusto que sus visitantes se lo tomaran todo, el cuidado por la salud le hacía lamentar que comieran.Otra pequeña escudilla de gachas flojas, como la suya, era lo único que podía recomendar con plena aprobación propia, aunque pudiera obligarse a sí mismo, mientras las señoras despachaban cómodamente las cosas mejores, a decir:
—Señora Bates, permítame proponerle que se atreva con uno de estos huevos. Un huevo pasado por agua, muy blando, no sienta mal. Serle sabe cocer un huevo mejor que nadie. Yo no recomendaría un huevo cocido por nadie más, pero no tiene que tener miedo; son muy pequeños, ya ve, uno de nuestros huevecitos no le hará daño. Señorita Bates, que Emma le sirva a usted un pedacito de pastel, un pedacito muy pequeño. Los nuestros son todos pasteles de manzana. No tiene que temer aquí esas conservas que no sienten bien. No recomiendo las natillas. Señora Goddard, ¿qué diría de medio vaso de vino? ¿Medio vasito pequeño… echado en un vaso de agua? Creo que no podría sentarle mal.

Emma dejaba hablar a su padre, pero proveía a sus invitadas con un estilo mucho más satisfactorio, y en esa particular velada tuvo especial placer en mandarlas contentas a casa. La felicidad de la señorita Smith estaba a la altura de sus propias intenciones. La señorita Woodhouse era un personaje tan grande en Highbury, que la perspectiva de ser presentada le había dado tanto pánico como placer; pero la humilde y agradecida muchachita se marchó con sentimientos muy satisfechos, encantada de la afabilidad con que la señorita Woodhouse la había tratado todo el tiempo, ¡dándole la mano, nada menos, al final!

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