Emma
jueves, 13 de agosto de 2015
miércoles, 12 de agosto de 2015
La vida de emma
Emma woodhouse, bella, inteligente y rica, con un hogar
agradable y un temperamento feliz, parecía reunir muchas de las mejores
bendiciones de la vida; hacia cerca de veintiún años que vivían en este mundo
sin nada apenas que la agitara o la molestara. Era la menor de las dos hijas de
un padre cariñoso y tolerante, y, a consecuencia del matrimonio de su hermana
llevaba mucho tiempo como señora de la casa de su padre.La madre había muerto
también hacia demasiado tiempo como para que ella conservara mas que un confuso
recuerdo de sus caricias: su lugar había sido ocupado por una institutriz, mujer
excelente, a quien le faltaba muy poco del cariño de una madre. Diesiseís años
llevaba la señorita Taylor en la familia del señor woodhouse, menos como
institutriz que como amiga, muy encariñada con las dos hijas, pero especialmente
con Emma.Entre ellas habia la intimidad de unas hermanas.Aun antes de que la
señora Taylor dejara de ejercer el cargo nominal de institutriz, la bondad de su
caracter apenas le permitía imponer ninguna restricción; y ahora que su sombra
de autoridad se habia desvanecido hacía mucho, vivían juntas como amigas muy
unidas, haciendo emma lo que se le antojaba, con una elevada estimación del
juicio de la señorita Taylor pero guiándoese principalmente por el suyo.En
efecto, los verdaderos males de la situación de Emma eran su capacidad de
imponer demasiado su voluntad y su tendencia a pensar demasiado bien de sí
misma; esos eras los inconvenientes que amenazaban teñir sus muchas buenas
cualidadesSin embargo, ese peligro era en ese momento tan poco advertido, que de
ningún modo tales cosas alcanzaban en ella categoría de desgracias.Una tristeza
sobrevino, una tristeza amable, pero de ningun modo en forma desagradable: la
señorita Taylor fue lo primero que le producía dolor. Fue en el dia de la boda
de esa querida amiga la primera vez que Emma se quedo sentada con tristes y
largas reflexiones. Pasada la boda y habiendose ido los invitado de la novia, su
padre y ella se quedaron solos para comer, sin perspectiva de nadie mas que
animara una larga velada. Su padre se preparo para dormir despues de la comida,
como de costumbre, y ella no le quedó, sino permanecer sentada, pensando en lo
que había perdido.El acontecimiento prometía toda clase de felicidades para su
amiga. El señor Weston era hombre de caracter irreprochable, suficiente fortuna,
edad apropíada y de modales agradables; Y había cierta satisfacción en
considerar con que abnegada y generosa amistada Emma habíia deseado siempr y
habria estimulado esa unión; pero fue para ella una mañana negra. La falta de la
señorita Taylor se sentiría a cada hora de cada día. Emma recordaba sus bondades
pasadas, la amabilidad, el cariño de dieciseis años, cómo le había enseñado y
cómo había jugado con ella desde sus cinco años, cómo había dedicado toda sus
capacidad a unirse a ella y a entretenerla, cuando estaba sana, y cómo la había
establecido muy poco despues de la boda de Isabella, al quedarse solas la una
para la otra, era un recuerdo aun más querido y más tierno. Había sido una amiga
y una compañera como se tenían pocas, inteligente, bien informada, útil, amable,
conocedora de las costumbres de la familia intesada en todos sus asuntos, y
especialmente interesada en ella, en todos los placeres y proyectos de Emma;
alguien con quien ella podía expresar sus pensamientos tal como surgían, y que
tenia tanto cariño por ella que jamas la encontraria en falta. ¿Cómo iba a
soportar el cambio? Es verdad que su amiga iba a estar solo a media milla, pero
Emma se daba cuenta de que debía de ser grande la diferencia entre una señora
Weston a solo media milla, y una señorita Taylor en la casa; y aun con todas sus
cualidades, naturales y cultivadas, estba en gran peligro de sufrir de soledad
intelectual. Quería muicho a su padre, pero él no era un compañero para ella. No
podía estar a su nivel en la conversación, ni en serio ni en broma. El
inconveniente de la difernecia efectiva de sus edades (y el señor Woodhouse no
se había casado joven) se aumentaba mucho por su carácter y costumbres, ya que
habiendo esatdo delicadode salud toda su vida, sin actividad mental ni corporal,
era un hombre mucho mas viejo de maneras que de años, y aunque lo querían en
todas partes, por la amabilidad de sus corazón y su temperamento amigable, sus
talentos no nle podrián haber servido de recomendacion en ningún momento. La
hermana de Emma, aunque relativamente poco alejada por su matrimonio, al
establecerse en Londres, solo a dieciséis millas, estaba, sin duda, más alla de
su alcance cotidiano; y habría que luchar en Hartfield con muchas y largas
veladas de octubre y noviembreantes que la Navidad trajera la próxima visita de
Isabella con su marido y sus niños: para llenar la casa y volverle a dar
compañia agradable. Highbury, la amplia y populosa aldea, casi un pueblo a la
que pertenecía realmente Hartfield a pesar de la separación de sus prados y sus
arbustos y su nombre, no le ofrecía nadíe de su categoría. Los Woodhouse eran
allí los primeros en importancia. Todos los miraban de abajo arriba. Tenían
muchos conocidos en el lugar pues su padre era cortés cons todo el mundo, pero
nadie entre ellos que pudiera ser aceptado en lugar de la señorita Taylor ni por
medio día. Era un cambio melancólico, y Emma no podía sino suspirar por ello y
desear cosas imposibles, hasta que su padre despertó, haciendo necesario estar
de buen humor. El ánimo de él necesitaba apoyo. Era un hombre nervioso,que se
deprimia con facilidad; aficionado a todas las personas a quienes estuviera
acostumbrado, y detestaba separarse de ellas; enemigo de toda clase de cambios.
El matrimonio, como origen de cambios, le era siempre desagradable; no se había
reconciliado de ningún modo con que su propia hija se hubiera casado, ni podía
hablar nunca de ella sino con compasión, aunque había sido un matrimonio por
amor; y ahora estaba obligado a separarse también de la señorita Taylor; y por
sus costumbres de amable egoísmo y de no suponer nunca que los demás pudieran
sentir algo diferente que él mismo, estaba muy dispuesto a creer que la señorita
Taylor había hecho algo tan desgraciado para ella misma como para ellos, y
habría sido mucho más feliz si hubiera pasado el resto de su vida en Hartfield.
Emma sonrió y charló tan animadamente como pudo para evitarle tales
pensamientos, pero, cuando llegó el té, le fue imposible a él no decir
exactamente lo mismo que había dicho en la comida:
—¡Pobre señorita Taylor! Ojalá estuviera aquí otra vez. ¡Qué
lástima que el señor Weston se haya fijado en ella!
—No puedo estar de acuerdo contigo, papá; ya sabes que no. El
señor Weston es un hombre de tan buen humor, tan agradable y excelente que
merece de sobra una buena esposa, y ¿querrías que la señorita Taylor hubiera
vivido con nosotros para siempre, aguantando todos mis malos humores, cuando
podía tener una casa propia?
—¡Una casa propia!, pero ¿dónde está la ventaja de una casa
propia? Esta es tres veces mayor. Y tú nunca tienes malos humores, querida
mía.
—¡Cuántas veces iremos a verles y ellos vendrán a vernos!
¡Siempre nos estaremos reuniendo! Tenemos que empezar, tenemos que ir muy pronto
a hacerles la visita de después de la boda.
—Querida mía, ¿cómo voy a ir yo tan lejos? Randalls está a una
buena distancia. Yo no podría andar ni la mitad.
—No, papá, nadie ha pensado que fueras andando. Tenemos que ir
en el coche, claro.
—¡El coche! Pero a James no le gustará enganchar los caballos
para tan poco camino, ¿y dónde van a estar los pobres caballos mientras hacemos
nuestra visita?
—Los pondrán en la cuadra del señor Weston, papá. Ya sabes que
eso lo hemos decidido ya. Lo hemos hablado anoche con el señor Weston. Y en
cuanto a James, puedes estar muy seguro de que le gustará siempre ir a Randalls,
porque su hija está allí de criada. Lo único que dudo es que nos quiera llevar
nunca a otra parte. Eso lo hiciste tú, papá. Tú le buscaste a Hannah ese buen
sitio. Nadie se acordó de Hannah hasta que tú la recordaste. ¡James te está tan
agradecido!
—Me alegro mucho de haber pensado en ella. Fue una gran suerte,
porque no me gustaría que el pobre James pensara de ningún modo que se le tenía
en menos; y estoy seguro de que ella hará una criada muy buena; es una chica
bien educada y bien hablada; tengo muy buena opinión de ella. Siempre que la
veo, me hace una reverencia y me pregunta qué tal estoy, de un modo muy bonito;
y cuando la llamaste aquí para que hiciera labor, me fijé en que da vuelta al
pestillo de la puerta como es debido, sin dar nunca un portazo. Estoy seguro de
que hará una criada excelente; y será un gran consuelo para la pobre señorita
Taylor tener alrededor a alguien que esté acostumbrada a ver. Siempre que vaya
James a ver a su hija, ya sabes, ella tendrá noticias nuestras. Él le podrá
decir cómo estamos todos.
Emma no ahorró esfuerzos para mantener ese rumbo más feliz de
ideas, y sintió esperanzas, con ayuda del juego del chaquete, de hacer que su
padre superara decentemente la velada, sin ser atacada por más tristes
sentimientos que los suyos propios. Se puso la mesa del chaquete, pero
inmediatamente después entró un visitante y lo hizo innecesario.
El señor Knightley, hombre muy sensato, de unos treinta y siete
o treinta y ocho años, era no solo un amigo muy antiguo y muy íntimo de la
familia, sino especialmente relacionado con ella por ser el hermano mayor del
marido de Isabella. Vivía como a una milla de Highbury, venía a menudo de visita
y siempre era bienvenido, y esta vez más que de costumbre, por venir derecho de
ver a sus comunes familiares de Londres. Había comido tarde, después de regresar
tras unos días de ausencia, y ahora había llegado a pie hasta Hartfield a contar
que todos estaban bien en Brunswick Square. Era una circunstancia feliz y animó
al señor Woodhouse durante algún tiempo. El señor Knightley tenía unos modales
de buen humor que le sentaban muy bien, y las muchas preguntas sobre la «pobre
Isabella» y los niños obtuvieron respuestas muy satisfactorias. Esto terminado,
el señor Woodhouse observó, con gratitud:
—Es mucha bondad suya, señor Knightley, venir tan tarde a
visitarnos. Me temo que ha debido de tener un paseo desagradable.
—Nada de eso, señor Woodhouse. Hace una hermosa noche de luna,
y tan templada que me tengo que apartar de su gran fuego.
—Pero ha debido de encontrarlo todo muy húmedo y embarrado.
Ojalá no se haya resfriado.
—¡Embarrado! Mire mis zapatos. Ni una mota hay en ellos.
—¡Bueno!, es sorprendente, porque hemos tenido mucha lluvia
aquí. Ha llovido terriblemente fuerte durante media hora, mientras estábamos
desayunando. Yo quería que aplazaran la boda.
—A propósito… no les he felicitado a ustedes. Dándome mucha
cuenta de qué clase de alegría deben de sentir los dos, no he sentido mucha
prisa en felicitarles. Pero espero que todo haya salido bastante bien. ¿Cómo se
portaron todos ustedes? ¿Quién lloró más?
—¡Ah! ¡Esa pobre señorita Taylor! Es un triste asunto.
—Pobres señor y señorita Woodhouse, si no les parece mal, pero
de ningún modo puedo decir «pobre señorita Taylor». Siento una gran estimación
por usted y por Emma, pero ¡cuando se trata de la cuestión de la dependencia o
la independencia! En todo caso, debe de ser mejor tener solo uno a quien
complacer, que dos.
—¡Especialmente cuando uno de esos dos es un ser tan caprichoso
y enredoso! —dijo Emma, en tono de broma—. En eso es en lo que piensa, ya lo sé…
y eso es lo que diría sin duda si no estuviera mi padre delante.
—Creo que es verdad, querida mía, en efecto —dijo el señor
Woodhouse con un suspiro—. Me temo que a veces soy muy caprichoso y
enredoso.
—¡Pero, queridísimo papá! No pensarás que me pudiera referir a
ti, ni suponer que el señor Knightley se refiriera a ti. ¡Oh, no! Solo me
refería a mí misma. Al señor Knightley le encanta encontrarme defectos, ya lo
sabes, en broma… es todo una broma. Siempre nos decimos lo que se nos
antoja.
El señor Knightley, en efecto, era una de las pocas personas
que podía encontrar defectos en Emma Woodhouse, y el único que se los decía
alguna vez; y aunque eso no le era especialmente agradable a Emma, sabía que lo
había de ser todavía menos a su padre, por lo que no le dejaría sospechar
realmente cosa tal como que ella no fuera considerada perfecta por todo el
mundo.
—Emma sabe que nunca la adulo —dijo el señor Knightley—, pero
no decía nada contra nadie. La señorita Taylor estaba acostumbrada a tener dos
personas a quienes complacer: ahora no tendrá más que una. Lo probable es que
haya de ganar con eso.
—Bueno —dijo Emma, queriendo dejarlo correr—; usted quiere oír
hablar de la boda, y me encantará contárselo, porque todos nos portamos de un
modo encantador. Todo el mundo fue muy puntual, todo el mundo con el mejor
aspecto. Ni se vio una lágrima, ni una cara larga. ¡Ah, no!, todos nos dábamos
cuenta de que íbamos a estar solo a media milla de distancia, y estábamos
seguros de vernos todos los días.
—Mi querida Emma lo soporta todo muy bien —dijo el padre—.
Pero, señor Knightley, la verdad es que siente mucho perder a la pobre señorita
Taylor, y estoy seguro de que la echará de menos más de lo que se imagina.
Emma volvió la cabeza, dividida entre lágrimas y sonrisas.
—Es imposible que Emma no eche de menos a tal compañera —dijo
el señor Knightley—. No la querríamos todos tanto como la queremos, señor
Woodhouse, si pensáramos otra cosa. Pero ella sabe qué ventajoso es este
matrimonio para la señorita Taylor; sabe qué aceptable tiene que ser, a la edad
de la señorita Taylor, establecerse en una casa propia, y qué importante
asegurarse una situación cómoda, así que no puede permitirse sentir tanto dolor
como placer. Todos los amigos de la señorita Taylor debemos alegrarnos de verla
tan felizmente casada.
—Y se olvida un motivo de alegría para mí —dijo Emma— y muy
importante: que ese casamiento lo he hecho yo misma. Yo hice ese casamiento, ya
lo sabe, hace cuatro años; y el que haya tenido lugar, y se vea que tenía razón,
cuando tanta gente decía que el señor Weston no se volvería a casar nunca, puede
consolarme de cualquier cosa.
El señor Knightley la miró y movió la cabeza. Su padre
respondió cariñosamente:
—¡Ah, querida mía! Me gustaría que no hicieras casamientos ni
predijeras cosas, porque todo lo que dices llega a suceder. Por favor, no
vuelvas a hacer casamientos.
—Te prometo no hacer ninguno para mí misma, papá; pero tengo
que hacerlo, de veras, para otros. ¡Es lo más divertido del mundo! ¡Y después de
tal éxito, ya sabes! Todo el mundo decía que el señor Weston no se volvería a
casar nunca. ¡Vaya que no! El señor Weston, que llevaba tanto tiempo viudo, y
que parecía tan completamente a gusto sin mujer, tan continuamente ocupado con
sus asuntos en la ciudad o con sus amigos aquí, siempre bien recibido
dondequiera que fuese, siempre de buen humor; el señor Weston no tenía que
quedarse solo ni una sola velada al año, si no le parecía bien. ¡Ah, no! El
señor Weston, por supuesto, no se volvería a casar. Algunos incluso hablaban de
una promesa a su mujer en el lecho de muerte, y otros de que su hijo y su tío no
le dejaban. Se han dicho toda clase de tonterías sobre el tema, pero yo nunca me
creí nada de eso. Desde el mismo día (hace unos cuatro años) en que la señorita
Taylor y yo nos lo encontramos en Broadway Lane, cuando, porque empezaba a
lloviznar, salió disparado y con mucha galantería le pidió prestados dos
paraguas al granjero Mitchell para las dos, yo tomé mi decisión sobre el tema.
Desde ese momento planeé el casamiento, y después que he encontrado tal éxito en
este caso, querido papá, no puedes imaginar que vaya a abandonar lo de hacer
casamientos.
—No comprendo a qué llama «éxito» —dijo el señor Knightley—. El
éxito supone esfuerzo. Usted ha empleado el tiempo de un modo muy propio y
delicado si lleva estos cuatro años esforzándose en este casamiento. ¡Una manera
muy digna de emplearse el ánimo de una señorita! Pero si, lo que más bien me
imagino yo, solo quiere decir que lo proyectara, que se dijera a sí misma un día
de ocio: «Creo que sería muy bueno para la señorita Taylor si el señor Weston se
casara con ella», y volvérselo a decir de vez en cuando desde entonces, ¿por qué
habla de éxito?, ¿dónde está su mérito?, ¿de qué está orgullosa? Usted hizo una
suposición acertada, y eso es todo lo que se puede decir.
—¿Y ha conocido usted el placer y el triunfo de una suposición
acertada? Le compadezco. Le creía más listo… porque, puede estar seguro de ello,
una suposición acertada nunca es pura suerte. Y en cuanto a mi pobre palabra
«éxito», que tanto discute, no sé que me falten tan completamente los títulos
para ella. Usted ha trazado dos bonitos cuadros, pero creo que puede haber un
tercero, algo entre el que no hace nada y el que lo hace todo. Si yo no hubiera
estimulado las visitas del señor Weston aquí, y no le hubiera animado de muchas
pequeñas maneras, y no hubiera suavizado muchos asuntillos, quizá no habría
llegado esto a nada después de todo. Creo que debe conocer Hartfield lo
suficiente como para comprenderlo.
—A un hombre recto y franco como Weston y una mujer razonable y
sin afectaciones, como la señorita Taylor, quizá se les puede dejar solos
tranquilamente para que arreglen sus asuntos. Es probable quizá que usted se
haya hecho más daño a usted misma que bien a ellos, por la interferencia.
—Emma nunca se acuerda de sí misma cuando puede hacer bien a
los demás —replicó el señor Woodhouse, entendiendo solo a medias—. Pero, querida
mía, te ruego que no hagas casamientos, son una cosa tonta, y le rompen a uno el
círculo de familia lamentablemente.
—Solo uno más, papá; solo el señor Elton. ¡Pobre señor Elton!
Tú quieres al señor Elton, papá; tengo que buscarle por ahí una mujer. No hay
nadie en Highbury que le merezca, y lleva aquí un año entero, y ha arreglado su
casa tan cómoda que sería una vergüenza dejarle solo más tiempo… y yo pensaba,
cuando les unía las manos hoy, que tenía cara de que le gustaría que le hicieran
eso mismo a él. Tengo muy buena opinión del señor Elton, y esa es la única
manera de hacerle un favor.
—El señor Elton es un joven muy bien parecido, desde luego, y
un joven excelente, y siento gran consideración hacia él. Pero si quieres tener
una atención con él, querida mía, invítale a que venga a comer con nosotros
algún día. Eso será mucho mejor. Estoy seguro de que el señor Knightley tendrá
la bondad de venir a conocerle.
—Con mucho gusto, señor Woodhouse, en cualquier momento —dijo el señor Knightley riendo—, y estoy completamente de acuerdo con usted en que será mucho mejor. Invítele a comer, Emma, y sírvale el mejor pescado y el mejor pollo, pero déjele que se busque él mismo su propia mujer. Puede estar segura, un hombre de veintisiete años sabe cuidarse de sí mismo.
—Con mucho gusto, señor Woodhouse, en cualquier momento —dijo el señor Knightley riendo—, y estoy completamente de acuerdo con usted en que será mucho mejor. Invítele a comer, Emma, y sírvale el mejor pescado y el mejor pollo, pero déjele que se busque él mismo su propia mujer. Puede estar segura, un hombre de veintisiete años sabe cuidarse de sí mismo.
El señor Weston
El señor Weston había nacido en Highbury, de familia
respetable, que en las dos o tres generaciones últimas había ido subiendo hasta
tener nobleza y propiedades. Había recibido una buena educación, pero al
conseguir tempranamente una modesta independencia, había perdido el gusto por
las ocupaciones más vulgares a que se dedicaban sus hermanos, satisfaciendo su
ánimo alegre y activo y su temperamento sociable al entrar en la milicia del
condado, entonces establecida.
El capitán Weston era predilecto de todos, y cuando los azares
de su vida militar le hicieron conocer a la señorita Churchill, de una gran
familia de Yorkshire, y la señorita Churchill se enamoró de él, a nadie le
sorprendió eso, excepto al hermano de ella y su mujer, que no le habían visto
nunca, y que estaban llenos de orgullo y pretensiones, para lo que iría mal esta
relación.
La señorita Churchill, sin embargo, siendo mayor de edad, y en
pleno dominio de su fortuna —aunque su fortuna no guardaba proporción con las
propiedades de la familia—, no se dejó disuadir del matrimonio, que tuvo lugar
para infinita ofensa del señor y la señora Churchill, los cuales cortaron con
ella con el debido decoro. Era un enlace inadecuado y no produjo mucha
felicidad. La señora Weston debía haber encontrado más, pues tenía un marido
cuyo cálido corazón y dulce carácter le hacían pensar que ella se merecía
cualquier cosa en pago de la gran bondad de quererle a él, pero ella, aunque
tenía cierto carácter, no lo tenía del todo. Había sido lo bastante decidida
como para llevar a cabo su voluntad a pesar de su hermano, pero no lo bastante
como para impedirse lamentar sin razón la cólera irrazonable de su hermano, o
echar de menos los lujos de su anterior hogar. Vivían por encima de sus rentas,
pero aun así no era nada en comparación con Enscombe; ella no dejaba de querer a
su marido, pero quería al mismo tiempo ser la mujer del capitán Weston y la
señorita Churchill de Enscombe.
El capitán Weston, de quien pensaban todos, especialmente los
Churchill, que había hecho una boda sorprendente, resultó haber llevado la peor
parte; pues al morir su mujer al cabo de tres años de matrimonio, era más pobre
que antes, y con un hijo que mantener. Del gasto del hijo, sin embargo, pronto
quedó aliviado. El niño, con el añadido de un motivo de enternecimiento que fue
una larga enfermedad de su madre, había sido el medio para una especie de
reconciliación, y el señor y la señora Churchill, no teniendo hijos, ni ningún
otro pequeño de igual parentesco de que cuidarse, ofrecieron tomar al pequeño
Frank a su completo cargo, poco después de morir ella. Es de suponer que el
padre viudo sentiría algunos escrúpulos y alguna reluctancia, pero, como fueron
superados por otras consideraciones, se entregó al niño al cuidado y la riqueza
de los Churchill, y él solo tuvo que buscar su propia comodidad y mejorar su
situación como pudiera.
Se hizo deseable un completo cambio de vida. Dejó la milicia y
se dedicó al comercio, teniendo ya hermanos bien establecidos en Londres, lo que
le ofrecía una apertura favorable. Era una actividad que le ofrecía solo
suficiente empleo. Tenía todavía una casita en Highbury, donde pasaba casi todos
sus días de ocio, y, entre la ocupación útil y los placeres de la sociedad,
discurrieron alegremente los siguientes dieciocho o veinte años de su vida. Para
entonces, ya había logrado cómodos medios de vida, lo suficiente para adquirir
una finquita junto a Highbury, que siempre había deseado, y lo suficiente para
casarse con una mujer tan sin bienes incluso como la señorita Taylor, y vivir
conforme a los deseos de su familia y su carácter sociable. Hacía ya algún
tiempo que la señorita Taylor había empezado a influir en sus proyectos, pero
como no era el influjo tiránico de la juventud sobre la juventud, eso no había
alterado su decisión de no asentarse nunca hasta que pudiera adquirir Randalls,
y la venta de Randalls fue anhelada durante mucho tiempo, pero había seguido
firmemente adelante, con esos objetivos a la vista, hasta que se obtuvieron.
Había hecho su fortuna, comprado su casa y obtenido su mujer, y empezaba una
nueva época de su vida, con toda probabilidad de mayor felicidad que ninguna
época pasada. Nunca había sido infeliz; su propio carácter se lo había evitado,
aun en su primer matrimonio, pero el segundo debía mostrarle qué deliciosa puede
ser una mujer de buen juicio y verdaderamente amable, y debía darle la grata
prueba de que era mucho mejor elegir que ser elegido, producir gratitud que
sentirla.
Solo tenía que complacerse a sí mismo en su elección: su
fortuna era suya, pues en cuanto a Frank, le criaban más que tácitamente como
heredero de su tío, y había sido una adopción tan reconocida como para hacerle
asumir el apellido Churchill en su mayoría de edad. Era muy improbable, pues,
que necesitara jamás la ayuda de su padre. Su padre no tenía miedo de eso. La
tía era una mujer caprichosa, y gobernaba por completo a su marido, pero no
entraba en la naturaleza del señor Weston imaginar que ningún capricho fuera lo
bastante fuerte como para afectar a alguien tan querido, y alguien, según creía,
tan merecidamente querido. Veía a su hijo todos los años en Londres y estaba
orgulloso de él, y sus cariñosas noticias sobre él como un joven excelente
habían hecho que Highbury sintiera también cierta especie de orgullo en eso. Se
le consideraba lo suficientemente perteneciente al sitio como para hacer que sus
méritos y perspectivas fueran una suerte de interés común.
El señor Frank Churchill era una de las glorias de Highbury, y
allí reinaba una viva curiosidad por verle, aunque esa benevolencia era tan poco
correspondida que no había estado allí en toda su vida. Se había hablado muchas
veces de que vendría a ver a su padre, pero nunca se había realizado.
Ahora, al casarse su padre, todos supusieron, como atención muy
adecuada, que tendría lugar esa visita. No hubo ni una voz que disintiera sobre
el tema, ni cuando la señora Perry tomó té con la señora y la señorita Bates, ni
cuando la señora y la señorita Bates devolvieron la visita. Ahora era el momento
de que viniera entre ellos el señor Frank Churchill, y esa esperanza se
robusteció cuando se supo que había escrito a su nueva madre en esa ocasión.
Durante unos pocos días, todas las visitas de por la mañana en Highbury
incluyeron alguna referencia a la bonita carta que había recibido la señora
Weston. «Supongo que ha oído hablar usted de la bonita carta que ha escrito el
señor Frank Churchill a la señora Weston. Entiendo que es una carta muy bonita,
efectivamente. El señor Woodhouse me lo ha contado. El señor Woodhouse vio la
carta, y dice que nunca ha visto una carta tan bonita en su vida.»
En efecto, fue una carta muy estimada. La señora Weston, por
supuesto, se había formado una idea muy favorable del joven, y tan agradable
atención era prueba irresistible de su buen sentido, y un añadido muy bien
recibido a todas las felicitaciones que le había procurado ya su matrimonio. Se
sentía una mujer muy afortunada, y había vivido lo suficiente para saber qué
afortunada se la podía considerar, ya que lo único de lamentar era una
separación parcial de unos amigos, cuya amistad hacia ella no se había enfriado
nunca, y que apenas podían soportar separarse de ella.
Sabía que a veces debían de echarla de menos, y no podía pensar
sin dolor en que Emma perdiera un solo placer o sufriera una hora de
aburrimiento por la falta de su compañía, pero la querida Emma no era de
carácter débil; estaba más a la altura de la situación de lo que habrían estado
la mayoría de las jóvenes, y tenía un juicio y una energía y un ánimo que cabía
esperar que la sostendrían bien y felizmente a través de sus pequeñas
dificultades y privaciones. Y además había un consuelo en la cómoda distancia de
Randalls hasta Hartfield, tan fácil incluso para un paseo femenino a solas, y en
el carácter y circunstancias del señor Weston, que, en la temporada que se
acercaba, no pondría inconveniente a que pasaran juntas la mitad de las
veladas.
Su situación, en conjunto, era motivo de horas de
agradecimiento para la señora Weston, y solo de momentos de lamentación; y su
satisfacción, más que satisfacción, su alegre disfrute, era tan justo y evidente
que Emma, aun conociendo a su padre, a veces se sentía sorprendida de que
siguiera siendo capaz de compadecer a «la pobre señorita Taylor», cuando la
dejaban en Randalls en medio de toda comodidad doméstica, o la veían marcharse
al anochecer acompañada de su agradable marido en su coche propio. Pero nunca se
marchaba sin que el señor Woodhouse lanzara un suave suspiro y dijera:
—¡Ah, la pobre señorita Taylor! Le gustaría mucho quedarse.
No había modo de recuperar a la señorita Taylor, ni mucha
probabilidad de que él dejara de compadecerla, pero unas pocas semanas le
trajeron algún alivio al señor Woodhouse. Se habían acabado los cumplidos de sus
vecinos, ya no le molestaba que le desearan alegría por un hecho tan triste, y
el pastel de boda, que tanto le había trastornado, estaba más que comido. Su
estómago no podía soportar nada sustancioso, y jamás podía creer que los demás
fueran diferentes de él. Lo que a él le sentaba mal, lo consideraba como
inadecuado para cualquiera, y, por consiguiente, trató de disuadirles de que
hubiera pastel de bodas en absoluto, y, cuando ello resultó inútil, trató con
igual empeño de que nadie lo comiera. Se había tomado la molestia de consultar
al señor Perry, el boticario, sobre el tema. El señor Perry era un hombre
inteligente y distinguido, cuyas frecuentes visitas eran uno de los consuelos de
la vida del señor Woodhouse, y, al ser consultado, no pudo menos de reconocer
(aunque parecía más bien contra la tendencia de su inclinación) que el pastel de
bodas podría ciertamente sentar mal a muchos, quizá a la mayoría, a no ser que
se tomara con moderación. Con tal opinión, confirmadora de la suya, el señor
Woodhouse tenía esperanzas de influir en todos los visitantes de los recién
casados, pero sin embargo el pastel se comió, y no hubo descanso para sus
benevolentes nervios hasta que se acabó todo.
El señor Woodhouse
Al señor Woodhouse, a su manera, le gustaba la sociedad. Le
gustaba mucho que sus amigos vinieran a verle, y, por varias causas unidas, por
su larga residencia en Hartfield, y su buen carácter, su fortuna, su casa y su
hija, podía regir las visitas de su pequeño círculo en la medida en que le
parecía bien. No tenía mucho trato con ninguna familia más allá de ese círculo;
su horror a trasnochar y a las grandes comilonas le hacía incapaz para conocidos
que no le visitaran en sus propios términos. Afortunadamente para él, Highbury,
incluyendo Randalls en la misma parroquia, y Donwell Abbey en la parroquia de al
lado, incluía muchos así. No sin frecuencia, por persuasión de Emma, tenía a
comer con él algunos de los mejores y los elegidos, pero lo que prefería eran
las veladas, y, a no ser que se imaginara en algún momento incapaz de compañía,
apenas había una velada en la semana en que Emma no pudiera ponerle la mesa de
jugar a las cartas. Una auténtica y madura estimación traía a los Weston y al
señor Knightley; por parte del señor Elton, un joven que vivía solo sin que eso
le gustara, el privilegio de cambiar cualquier vacía velada de su soledad sin
contenido por las elegancias y la sociedad del salón del señor Woodhouse y las
sonrisas de su deliciosa hija, no era una cosa para rechazar.Después de esos
venía un segundo grupo, entre los más aceptables de los cuales estaban la señora
y la señorita Bates y la señora Goddard, tres señoras siempre dispuestas a
atender una invitación de Hartfield, y a las que se traía y llevaba a casa tan a
menudo que al señor Woodhouse no le parecía que era trabajo para James ni para
los caballos. Si hubiera ocurrido solo una vez al año, habría sido enojoso.La
señora Bates, viuda del anterior vicario de Highbury, era una señora muy vieja
casi más allá de todo lo que no fuera té y quadrille. Vivía con su hija soltera,
con mucha estrechez, y se la consideraba con toda la estimación y el respeto que
pueda provocar una vieja inofensiva en tales circunstancias tan poco propicias.
Su hija disfrutaba de un grado extraordinario de popularidad para una mujer que
no era ni guapa, ni rica, ni casada. La señorita Bates estaba en la peor
situación ante el mundo por tener tanto favor público, y no tenía superioridad
intelectual con que excusarse o con que asustar a los que pudieran detestarla,
haciéndoles respetarla exteriormente. Nunca había presumido de bella o de lista.
Su juventud había pasado sin nada especial, y su media edad se dedicaba al
cuidado de una madre achacosa y al esfuerzo de estirar todo lo posible unos
pequeños ingresos. Y sin embargo era una mujer feliz, y una mujer a quien nadie
nombraba sin buena voluntad. Era su propia buena voluntad hacia todos y su
temperamento resignado lo que obraba tales milagros. Quería a todo el mundo,
estaba interesada en la felicidad de todo el mundo, apreciaba enseguida los
méritos de todo el mundo; se consideraba una criatura muy afortunada y rodeada
de bendiciones con tan excelente madre y tantos buenos vecinos y amigos y un
hogar en que no faltaba nada. La sencillez y el buen humor de su carácter, su
ánimo contento y agradecido eran una recomendación ante todos y una mina de
felicidad para ella misma. Charlaba mucho sobre pequeños asuntos, lo que
encajaba exactamente con el señor Woodhouse, lleno de comunicaciones triviales y
de cotilleo inocuo.La señora Goddard era directora de una escuela; no de una
residencia, o de una institución, ni de nada que profesara, en largas frases de
refinada tontería, combinar perfeccionamientos liberales con moralidad elegante
basándose en nuevos principios y sistemas, y donde por enormes honorarios se
arrancara a las señoritas su salud para meterles vanidad; no, sino de un
auténtico y honrado internado a la antigua, donde se vendían a precio razonable
una razonable cantidad de logros, y donde se podía mandar a las chicas,
quitándolas de en medio, para que se las arreglaran por su cuenta instruyéndose
un poco, sin peligro de volver hechas unas niñas prodigio. La escuela de la
señora Goddard tenía gran reputación, y con razón; pues Highbury se consideraba
como un lugar especialmente saludable: tenía una amplia casa con jardín, daba a
las chicas abundante alimentación sana, las dejaba correr mucho por ahí en
verano, y en invierno les curaba los sabañones. No es extraño que una comitiva
de veinte jóvenes parejas caminaran ahora detrás de ella a la iglesia. Era una
mujer sencilla, maternal, que había trabajado mucho en su juventud, y ahora se
consideraba con derecho a alguna vacación de vez en cuando o una visita para
tomar el té; y habiendo debido antes mucho a la bondad del señor Woodhouse,
sentía que él tenía derecho especial a hacerla dejar siempre que pudiera su bien
arreglado salón, todo decorado de labores, y ganar o perder unos pocos medios
chelines junto a su fuego.Esas eran las damas que Emma podía reunir muy
frecuentemente; y bien contenta que estaba, en atención a su padre, de poderlo,
aunque, por lo que tocaba a ella misma, eso no era remedio para la ausencia de
la señora Weston. Le encantaba ver a su padre con cara de estar a gusto, y se
sentía muy satisfecha de sí misma por arreglar las cosas tan bien, pero la
sosegada garrulería de tres mujeres semejantes le hacía sentir que toda velada
así pasada era, en efecto, una de las largas veladas que había presentido con
temor.Una mañana en que estaba sentada, previendo exactamente un final así para
el día presente, le trajeron una nota de la señora Goddard, solicitando, en
términos muy respetuosos, que le permitiera llevar consigo a la señorita Smith;
una petición muy bien recibida, pues la señorita Smith era una chica de
diecisiete años a quien Emma conocía muy bien de vista y por la que había
sentido interés desde hacía mucho, a causa de su belleza. Se devolvió una
invitación muy amable, y la velada ya no fue temida por la hermosa dueña de la
mansión.Harriet Smith era hija natural de alguien. Alguien la había colocado,
hacía unos años, en la escuela de la señora Goddard, y alguien la había elevado,
después, de la condición de colegiala a la de residente que recibía en el salón.
Eso era todo lo que se sabía por ahí de su historia. No tenía amigos visibles
sino los que había adquirido en Highbury, y ahora acababa de volver de una larga
visita en el campo a unas jóvenes señoritas que habían estado en la escuela allí
con ella.Era una muchacha muy guapa, y su belleza daba la casualidad de que era
de un tipo que Emma admiraba particularmente. Era baja, rolliza y atractiva, con
un hermoso color, ojos azules, pelo claro, facciones regulares, y un aire de
gran dulzura; y, antes que acabara la velada, Emma estaba tan satisfecha de sus
modales como de su persona, y muy decidida a continuar el trato.No le impresionó
nada especialmente agudo en la conversación de la señorita Smith, pero, en
conjunto, la encontró muy atractiva —no incómodamente tímida, ni reacia a
hablar— y, sin embargo, muy lejos de imponerse, mostrando una deferencia tan
adecuada y propia, y pareciendo tan placenteramente agradecida por ser admitida
en Hartfield, y tan candorosamente impresionada por el aspecto de todo, en un
estilo tan superior a lo que estaba acostumbrada, que debía de tener buen juicio
y merecía estímulo. Y se le daría ese estímulo. Esos dulces ojos azules y todas
esas gracias naturales no debían desperdiciarse con la sociedad inferior de
Highbury y sus conexiones. Los conocidos que ya tenía eran indignos de ella. Las
personas a quienes acababa de dejar, aunque muy buena gente, debían de hacerle
daño. Eran una familia llamada Martin, a quien Emma conocía muy bien de oídas,
porque tenían arrendada una gran finca del señor Knightley, y que residían en la
parroquia de Donwell, muy decentemente, creía ella —sabía que el señor Knightley
tenía gran estima por ellos—, pero debían de ser toscos y sin pulir, y muy
inadecuados para ser íntimos de una muchacha que solo necesitaba un poco más de
conocimientos y un poco más de elegancia para ser perfecta. Ella sí que la
apreciaría, ella la mejoraría, ella la separaría de sus malos conocidos y la
introduciría en la buena sociedad; ella le inculcaría sus opiniones y sus
maneras. Sería un empeño interesante, y, ciertamente, muy bondadoso: altamente
adecuado a su propia situación en la vida, a su ocio, y a su capacidad.Tan
ocupada estaba en admirar esos dulces ojos azules, en hablar y escuchar, y en
formar todos esos proyectos, mientras tanto, que la velada voló a velocidad
desacostumbrada; y la mesa de la cena, que siempre cerraba tales reuniones, y
que ella acostumbraba a esperar sentada mirando la hora, estuvo toda puesta y
preparada, y avanzada hacia el fuego, antes que se diera cuenta. Con una
animación más allá del común impulso de un espíritu que, sin embargo, nunca era
indiferente al mérito de hacerlo todo bien y con atención, con la auténtica
buena voluntad de una mente complacida en sus propias ideas, hizo entonces todos
los honores de la cena, y sirvió y recomendó el picadillo de pollo y las ostras
con un apremio que sabía que sería aceptable a los tempranos horarios y los
corteses escrúpulos de sus invitados.En semejantes ocasiones, los sentimientos
del señor Woodhouse estaban tristemente en discordia. Le encantaba que se
pusieran los manteles, porque esa había sido la moda en su juventud; pero su
convicción de que las cenas sentaban muy mal le hacía más bien lamentar ver todo
lo que se sirviera; y aunque su hospitalidad le habría hecho ver con gusto que
sus visitantes se lo tomaran todo, el cuidado por la salud le hacía lamentar que
comieran.Otra pequeña escudilla de gachas flojas, como la suya, era lo único que
podía recomendar con plena aprobación propia, aunque pudiera obligarse a sí
mismo, mientras las señoras despachaban cómodamente las cosas mejores, a
decir:
—Señora Bates, permítame proponerle que se atreva con uno de
estos huevos. Un huevo pasado por agua, muy blando, no sienta mal. Serle sabe
cocer un huevo mejor que nadie. Yo no recomendaría un huevo cocido por nadie
más, pero no tiene que tener miedo; son muy pequeños, ya ve, uno de nuestros
huevecitos no le hará daño. Señorita Bates, que Emma le sirva a usted un
pedacito de pastel, un pedacito muy pequeño. Los nuestros son todos pasteles de
manzana. No tiene que temer aquí esas conservas que no sienten bien. No
recomiendo las natillas. Señora Goddard, ¿qué diría de medio vaso de vino?
¿Medio vasito pequeño… echado en un vaso de agua? Creo que no podría sentarle
mal.
Emma dejaba hablar a su padre, pero proveía a sus invitadas con
un estilo mucho más satisfactorio, y en esa particular velada tuvo especial
placer en mandarlas contentas a casa. La felicidad de la señorita Smith estaba a
la altura de sus propias intenciones. La señorita Woodhouse era un personaje tan
grande en Highbury, que la perspectiva de ser presentada le había dado tanto
pánico como placer; pero la humilde y agradecida muchachita se marchó con
sentimientos muy satisfechos, encantada de la afabilidad con que la señorita
Woodhouse la había tratado todo el tiempo, ¡dándole la mano, nada menos, al
final!
La amiga de Emma
La intimidad de harriet smith en hartfield fue pronto cosa
decidida. Viva y resuelta en sus modales emma no perdió tiempo en invitarla,
estimularla y decirle que fuera a verla muy a menudo; y al aumentar su
conocimiento, tambien aumento a su mutua satisfacción. Como acompañante de
paseo, Emma había previsto muy pronto que útil podria resultarle. En ese
aspecto, la pérdidad de la señora Weston había sido importante. Su padre nunca
iba más alla de los setas de arbustos, donde dos divisiones del terreno le
bastaban para su paseo, largo o corto, segun cambiaba el año; y desde que se
casó la señora Weston, Emma habia estado limitada en sus ejercicios. Una vez se
habia aventurado sola hasta Randalls, pero no era agradable; y una Harriet
Smith, pues alguien a quien pudiera lllamar en cualquiere momento para pasear,
sería un valioso agregado a sus privilegios. pero en todos los aspectos, cuanto
más la veía, más la aprobada y se confirmaba en sus benévolos propositos.
Harrie, ciertamente, no era inteligente, pero tenia un caracter dulce y dócil;
estaba totalmente libre de presunción y solo deseba ser guiada por alguien que
le pareciera importante. Su rápido apego a Emma fue muy cariñoso, y su
inclinación a la buena compañia para apreciar lo que era elegante e ingenioso,
mostraban que no tenía falta de gusto, aunqueno debia esperarse de ella fuerza
de comprensión. En conjunto, Emma estaba muy convencida de que Harriet Smith era
exactamente la joven amiga que necesitaba; exactamente ese algo que requería su
hogar. Una amiga tal como la señora Weston estaba fuera de cuestión. No se podía
contar con dos persona así. Era una cosa muy diferente, un sentimiento distinto
e iivenndependiente. La señora Weston era objeto de una consideración que se
basaba en la gratitudy la estima. Harriet recíbiria cariño como alguien a quien
ella podiría ser útil. Por la señora a señora Weston no había nada que se
pudiera hacer; por Harriet todo. Sus primeros intentos de serle útil
consistieron en un esfuerzo por averiguar quiénes eran sus padres, pero Harriet
no pudo decirlo. Estaba dispuesta a decir todo lo que entrara en su capacidad,
peron en ese tema las preguntas fueron vanas. Emma se vio obligada a imaginarsqe
lo que se le antojara; pero nunca pudo creer que en la misma situación ella no
habría revelado la verdad Harriet no tenía perspicacia, Se habia contentado con
oír y creer simplemente con lo que la señora Goddard se le antojó contarle, y no
miró más allá. La señora Goddard, y las maestras, y las chicas, y los asuntos de
la escuela en general, lo formaban naturalmente una gran parte de su
conversacióHern y, de no ser por su tratpo con los Martin de Abbey-Mill Farm,
debía de haber sido la totalidad. Pero los meses muy felices con ellos, y ahora
le gustaba hablar de los placeres de su visita, y describir las muchas
comodidades y prodigios de ese lugar. Emma estimulaba su charlantería, divertida
con tal imagen de otros grupos de seres, y disfrutando la juvenil simplicidad
que podía hablar con tanta exultación de que ola señora Martin tenía "Dos
salones y dos salones muy buenos por cierto; uno de ellos tan grande como el
salón de la señora Goddard", y que "tenía una primers doncella que llevaba
veintiun años viviendo con ella"; y que " tenia ocho vacas, dos de ellas
Alderney; otra, una vaquita Welch, una vaquita Welch muy linda, por cierto"; y
de que "la señora Martin decía, puesto que le gustaba tanto, que habria que
llamarle su vaca "; y de que "tenían un cenador muy bonito en el jardín donde se
iban a reunir todos un día el año que viene a tomar un té, un cenador muy
bonito, grande como para que cupiera una docena de personas". Durante algún
tiempo se divirtió sin pensar más allá de la causa inmediata; pero al llegar a
entender mejor a la familia, surigieron otros sentimietnos, había adoptado una
idea erronea imagináandose que había una madre y una hija, un hijo y la mujer
del hijo, que vivian todos juntos, pero cuando resultó que el señor Martin tenía
un papel en el relato y era siempr siempre nombrado con aprobación por su buen
carácter al hacer esto o lo otro, era un hombre soltero, y que no había joven
señora Martin ni esposa en el caso, sospechó peligros para su pobre amiguita en
toda su hospitalidad y bondad, y que, si no se tenía cuidado con ella, quiza se
vería en el caso de hundirse para siempre. Con esa idea inspiradora, sus
preguntas aumentaron en número y significación, y especialmente llevó a Harriet
a hablar más del señor Martin; y evidentemente no había mala gana en ello.
Harriet estaba muy dispuesta a hablar de la parte que habia tenido él en sus
pasos a la luz de la luna y alegres juegos de salón, se extendía mucho en que
era un hombre de tan buen humor y tan amable. Había caminado por ahí tres millas
un dia para traerle unas castañas, porque ella habia dicho que le gustaban
tanto, ¡y en todo lo demás era muy amble! Una noche quizo que entrara el hijo de
su pastor en el salón con idea de que le cantara canciones. A ella le gustaba
mucho mucho cantar. El sabia cantar un poco, incluso. Ella creía que él era muy
inteligente y lo entendía todo. Tenía un rebaño excelente, y, mientras ella
estaba con ellos, le habian ofrecido a él por su lana más que a nadie en el
país. Creía que todos hablaban bien de él. Su madre y sus hermanas lo querían
mucho. La señora Martin le había dicho un día (y hubo un rubor al decirlo) que
era imposible que hubiera un hijo menor, y por consiguiente estaba segura de que
cuando se casara sería un marido excelente. No es que quisiera que se casara.
Ella no tenía ninguna prisa. "¡Bien hecho senora Martin"- pensó Emma-. Ya sabes
lo que te propones.!" - Y cuando ella se marchó, la señora Martin tuvo la bondad
de enviar a la señora Goddard un ganso excelente, el mejor ganso que había visto
nunca la señora Goddard. La señora Goddard lo había preparado un domingo, y
había invitado a las tres maestras, la señorita Nash, la señorita Prince y la
señorita Richardson, a cenar con ella. El señor Martin, supongo, no debe de ser
un hombre informado mas allá de la línea de sus ocupaciones. ¿No lee? -¡Ah, sí!,
bueno, no... no sé... pero creo que ha leído mucho... pero no lo que a usted le
interesaría. Lee los informes Agrícolas y algunos otros libros que estan en los
asientos de las ventanas... pero se los lee todos para él solo. Pero aveces, al
anochecer, antes de que jugaramos a las cartas, leía algo en voz alta de los
Extractos de la elegancia, muy entretenido. Y sé que ha leído El vicario de
Wakefield. Nunca había oído hablar de esos libros hasta que los nombré, pero
está decidido a buscarlos tan pronto como pueda. La siguiente pregunta fue: -
¿Qué clase de aspecto tiene el señor Martin? -¡Oh! No es buenmozo, no es
buenmozo en absoluto. Al principio me parecio muy feo, pero ahora no me lo
parece tanto. Ya sabe, a una no se le parece, al cabo de algún tiempo. Pero ¿no
lo ha visto nunca? Está en Higbury de vez en cuando, y no deja de pasar todas
las semanas a caballo cuando va a kingston. Ha pasado junto a usted muchas
veces. - Es posible, y a lo mejor lo he visto cincuenta veces, pero sin tener
idea de cómo se llamaba. Un joven a gricultor, a caballlo o a pie, es la última
clase de persona que provoca mi curiosidad. Los aparceros son precisamente el
orden de gente con quien creo que no tengo nada que ver. Un grado o dos por
debajo, y un aspecto digno de confianza podría interesarme; podría tener
esperanzas de ser útil a sus familias de un modo o de otro. Pero un agricultor
no puede necesitar nada de mi ayuda , y por tanto en cierto sentido, está tan
encima de mi atención como en todos los demas sentidos está por debajo. -Claro.
¡Ah! Sí, no es probable que usted se haya fijado en él, pero él la conoce muy
bien; quiero decir, de vista. -No tengo duda de que sea un joven muy respetable.
Incluso, sé que lo es, le deseo mucha suerte. ¿Cuántos años te imaginas que
tiene? - Cumplió veinticuatro el ocho de junio pasado y mi cumpleaños es el
veintitres... ¡Solo dos semanas y un día de diferencia, qué curioso! - Solo
veinticuatro es demasiado joven para establecerse. Su madre tiene mucha razón en
no tener prisa. Parecen muy comodos tal como están, si ella se tomara alguna
molestia para casarlo, probablemente se arrepentiría. Dentro de seis años, si
pudiera encontrar alguna buena muchacha de su misma categoría, con un poco de
deniero, eso podría ser algo muy deseable. - ¡Dentro de seis años! Querída
señorita Woodhouse, ¡tendría treinta años! -bueno, y eso es lo más pronto que la
mayor parte de los hombres permiten casarse, si no han nacido para tener medios
independientes. El señor Martin, imagino, tiene su fortuna eternamente por
hacer, no puede ir por delante del mundo. Cualquier dinero que pudiera recibir
cuando murío su padre, cualquiera que sea su parte de las propiedades de la
familia, está, me atrevo a decir, todo a flote, todo invertido en su negocio, y
así todo lo demás; y aunque, con diligencia y buena suerte, pueda llegar a ser
rico con el tiempo, es casi imposible que haya realizado nada todavía. -Claro,
así es. Pero viven muy cóomodamente. No tienen criado de dormir en casa; por lo
demas, no les falta nada; y la señora Martin habla de que el año que viene va a
tomar un muchacho. -Ojalá no te encuentres en una dificultad, Harriet, cuando se
case; quiero decir, en cuanto a conocer a su mujer, pues aunque a sus hermanas,
por su mejor eduacación, no se les puede objetar del todo, de eso no se deduce
que él se pueda casar con alguien digno de consideración. La desgracia de tu
nacimiento debería hacerte especialmente cuidadosa de con quien te juntas. No
puede haber duda de que eres hija de un caballero, y debes apoyar tu pretensión
a ese rango con todo lo que este en tu poder, o si no, habrá mucha gente que se
complazca en desagradarte.
Señor Kingthley
-No sé cuál será su opinión, señora Weston - dijo el señor
Knightley-, sobre esa gran intimidad entre Emma y Harriet Smith, pero creo que
es cosa mala. - ¡Cosa mala! ¿De veras cree que es cosa mala? ¿Y por qué? -Creo
que ninguna de ellas le hará bien a la otra. - ¡Me sorprende usted! Emma tiene
que hacer bien a Harriet Smith, y Harriet se puede decir que hará bien a Emma
proporcionándole un nuevo objeto de interés. Vengo viendo su intimidad con el
mayor placer. ¡De qué modo tan diferente opinamos! ¡No creer que se vayan a
hacer ningún bien la una a la otra! Seguro que es va a ser el principio de una
de nuestras discusiones sobre Emma, señor Knightley. Quizá crea adquirir venido
adrede para discutir con usted, sabiendo que Weston está fuera, en que se debe
dar pelea sola. -el Sr. Weston sin duda me apoyaría, si estuviera aquí, pues
piensa exactamente como yo sobre el tema. Hablábamos de eso ayer mismo, estando
de acuerdo en que suerte era para Emma que hubiera una chica así en highbury
para relacionarse con ella. Sra. Kinghtley, no lo admiro a usted como juez
imparcial en este caso. Usted está tan acostumbrado a vivir solo que no conoce
el Valor de la compañía; y quizá ningún hombre puede ser un buen juez sobre el
bienestar que siente una mujer en la compañía de otra de su sexo, después de
estar tan acostumbrada a eso toda la vida. Puede imaginarse sus objeciones
contra Harriet Smith. No es la joven superior que debería ser la amiga de Emma.
Pero, por otra parte, como Emma quiere verla más informada, sería un estímulo
para que ella misma lea más. Leerán juntas. Tienen intención de eso, lo sé.
–Emma tiene intención de leer más desde que tenía doce años. He visto muchas
listas de libros que ha hecho en diferentes ocasiones, que tenía intención de
leer de cabo a rabo; y eran muy buenas listas por orden alfabético, a veces por
alguna otra regla. La lista que hizo cuando tenía sólo catorce años, me acuerdo
de que pensé que hablaba tanto en favor de su buen juicio, que la guarde algún
tiempo; y estoy segura de que ahora puede haber hecho una lista muy buena. Pero
yo he dejado de esperar ninguna línea de lectura constante en Emma. Nunca se
someterá a nada que requiera trabajo y paciencia, y sujetar la fantasía al
entendimiento. En lo que la Srta. Taylor no fue capaz de estimular, puedo
afirmar con seguridad que Harriet Smith no hará nada. Usted nunca pudo
convencerla de que leyera ni la mitad de lo que deseaba. Ya sabe que no. - Puedo
decir - Contestó la señora Weston, sonriendo - que lo pensaba así entonces, pero
desde que nos hemos separado, nunca puedo recordar que Emma dejara hacer nada de
lo que yo deseara. -No se puede refrescar una memoria tal como esa- dijo el
señor knightley, emocionado, y por unos momentos no dijo más-.Pero Yo-Agregó-,
que no tengo tal magia sobre mis ojos, debo seguir viendo, oyendo y recordando.
Emma está echada a perder aunque sea la más inteligente de la familia, a sus
diez años tenía la desgracia de contestar preguntas que deconcertaban a su
hermana, con diecisiete. Siempre era rápida y segura: Isabella lenta y
desconfiada. Y desde que tuvo doce años , Emma ha sido señora de la casa y de
todos ustedes. En su madre perdió a la única persona capaz de hacerle frente.
Heredó los talentos de su mmadre, y debió ser muy cercana a ella.- Habría
lamentado, señor Knightley, depender de su recomendación si hubiera dejado la
familia del señor Woodhouse para buscar otra posición; no creo que usted hubiera
dicho a nadie unas buenas palabras en mi favor. Estou segura de que siempre me
considero inadecuada para el puesto que tenía. - Sí- dijo él sonriendo-. Usted
está mejor situada aquí; muy adecuada para esposa, pero en absoluto para
institutriz. Pero usted se extuvo preparando para ser una excelente esposa en
todo el tiempo que pasó en Hartfield. Quizá no dio usted a Emma una educación
tan completa como su capacidad parecía prometer, pero estuvo recibiendo una
educación muy buena de ella, en el punto, muy matrimonial, de someter su
voluntad y hacer lo que se le pedía; y si Weston me hubiera pedido que le
recomendara una esposa, ciertamente habría nombvrado a la señorita Taylor.
-Gracias. Hay muy poco méerito en ser una buena esposa para un hombre como el
señor Weston. - Bueno, para confesar la verdad, me temo que usted está más bien
desperdiciada, y que, con toda disposición para sufrir, no habrá nada que
sufrir. No hemos de desesperar, sin embargo. A lo mejor Weston se pone de mal
humor con la corrupción de la comodidad, o su hijo lo aflije.- Espero que no sea
eso. No es probable. No, señor Knightley, no prediga conflictos por ese lado.
-No, ciertamente. Solo indico posibilidades. No pretendo tener la hilidad de
Emma para predecir y adivinar. Espero de todo corazón que el joven sea un Weston
en méritos y un churchill en fortuna. Pero Harriet Smith... no he terminado con
Harriet Smith, ni a medias. La creo la peor clase de compañia que podía tener
Emma. No sabe nada, y piensa que Emma lo sabe todo. Es una aduladora en todo lo
que hace, y lo peor es que sin intención. Su ignorancia es adulación continua.
¿Cómo puede imaginar mi hija que tiene algo que aprender ella misma, si Harriet
muestra tan deliciosa inferioridad? En cuanto a Harriet, me atrevo a decir que
no puede ganar tampoco nada con esta relación. Hartfield no hará mas que ponerla
fuera de lugar, por presunción, con todos los demas sitios a los que pertenece,
Se hará solo lo suficiente refinada como para estar incómoda con aquellos entre
los cuales estaría en su casa por nacimiento y circunstancias. Estoy muy
equivocado si las doctrinas de Emma dan alguna fuerza de espíritu. o tienden a
hacer que una chica se adapte racionalmente a las vicisitudes de su situacion en
la vida. Solo dan un poco de barniz. - P yo confío más que usted del buen juicio
de Emma, o estoy interesada en su bienestar presente; porque no puedo lamentar
esa relación. ¡Qué buena cara tenía anoche! - ¡Ah! ¿Prefiere usted hablar de su
persona que de su ánimo de veras? Muy bien, no voy a negar que Emma sea bonita.-
¡Bonita!, diga más bien bella. ¿Puede imaginar algo más cerca de la belleza que
Emma, en un conjunto: cara y figura? - No sé lo que podría imaginar, aunque
confieso que rara vez he visto una cara o una figura más agradable, para mí que
la suya. Pero yo soy un viejo amigo con parcialidad. ¡Que ojos! Los verdaderos
ojos de avellana ¡y tan brillantes! Unos rasgos regulares, una expresión
abierta, con uno color ¡Ah!, que florecimiento de buena salud, y que bonita
altura y tamaño; una figuratan firme y derecha. Hay salud, no solo en su
florecimiento, si no en su aire, en su cabeza, en su mirada. Se oye aveces decir
que una niña es" la imagen de la salud "; ahora Emma me da la idea de ser la
completa imagen de la salud adulta. Es la delicia misma. ¿No es verdad, señor
Knightley? - No puedo encontrar un defecto en su persona- contestó él-.
La considero tal como usted la describe. Me encanta mirarla, y agragaré este
elogio, que no la considero vanidosa en cuanto a su persona. Considerando qué
linda es, parece estar ocupada con eso; su vanidad va por otro lado. Señora
Weston, por mucho que diga no me hará cambiar de opinión en cuanto a mi
disgusto ante su intimidad con Harriet Smith, ni mi temor de que se perjudiquen
mutuamente. - Y yo, señor Knightley, estoy igual de firme en mi confianza de que
se que no se perjudicarán. Con todos los defectitos de Emma, es una excelente
criatura. ¿Dónde vamos a ver una hija mejor, o una hermana mas cariñosa, o una
amiga más verdadera? No, no; tiene cualidades en las que se puede confiar;
nunca la llevará a una por mal camino; no cometerá ningún error duradero; por
una vez que se equivoque, Emma tiene razón cien veces. - Muy bien, no la voy a
molestar más. Emma será un ángel y yo conservaré mi mal humor hasta que las
navidades traigan a John y a Isabella. John quiere a Emma con un afecto
razonable, y por consiguiente nada ciego, e Isabella siempre piensa como él,
salvo cuando él no se asuta lo suficiente por los chicos. Estoy seguro de tener
sus opiniones de mi parte. -Sé que no todos ustedes la quieren demasiado para
ser injustos ni duros, pero perdóneme, señor Knightley, si me tomo la libertad
(ya sabe que considero tener el privilegio de lenguaje que quizá tuvo la madre
de Emma, la libertad de sugerir que no puede resultar nada bueno del hecho de
que la intimidad con Harriet Smith se convierta en tema de mucha discusión entre
ustedes. Perdone, por favor, pero aun suponiendo que pueda producirse algún
pequeño inconveniente con esa intimidad, no se puede esperar que Emma, que no
tiene que responder ante nadie sino ante su padre, que aprueba por completo esa
amistad, tenga que terminarla, mientras sea para ella un motivo de placer. He
tenido tantos años a mi cargo el dar consejo, que no le puede sorprender, señor
Knightley, este pequeño resto de mi cargo-Nada de eso- exclamó el-, se lo
agradezco mucho. Es un consejo muy bueno, y tendrá mejor destino que el que ha
encontrado muchas veces su consejo, ya que lo tendré en cuenta.- La Sra. De John
Knightley se alarma fácilmente, y podría sentirse infeliz por su hermana. - Esté
tranquila - dijo él, no levantaré ningún clamor. Me guardaré para mí mi mal
humor. Tengo un sincero interés por Emma. Isabella ya no parece mi hermana;
nunca me ha producido un interés mayor; quizá apena tan grande. Hay algo de
ansiedad, de curiosidad en lo que uno siento por Emma. ¡No sé qué va a ser de
ella!. Yo tampoco lo sé- dijo la señora Weston amablemente-lo pienso mucho-
Siempre asegura que no se va casar nunca, lo cual naturalmente, no significa
nada. Pero no tengo idea de que haya visto hasta ahora un hombre que le
importara.
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