miércoles, 12 de agosto de 2015

El señor Weston

El señor Weston había nacido en Highbury, de familia respetable, que en las dos o tres generaciones últimas había ido subiendo hasta tener nobleza y propiedades. Había recibido una buena educación, pero al conseguir tempranamente una modesta independencia, había perdido el gusto por las ocupaciones más vulgares a que se dedicaban sus hermanos, satisfaciendo su ánimo alegre y activo y su temperamento sociable al entrar en la milicia del condado, entonces establecida.
El capitán Weston era predilecto de todos, y cuando los azares de su vida militar le hicieron conocer a la señorita Churchill, de una gran familia de Yorkshire, y la señorita Churchill se enamoró de él, a nadie le sorprendió eso, excepto al hermano de ella y su mujer, que no le habían visto nunca, y que estaban llenos de orgullo y pretensiones, para lo que iría mal esta relación.
La señorita Churchill, sin embargo, siendo mayor de edad, y en pleno dominio de su fortuna —aunque su fortuna no guardaba proporción con las propiedades de la familia—, no se dejó disuadir del matrimonio, que tuvo lugar para infinita ofensa del señor y la señora Churchill, los cuales cortaron con ella con el debido decoro. Era un enlace inadecuado y no produjo mucha felicidad. La señora Weston debía haber encontrado más, pues tenía un marido cuyo cálido corazón y dulce carácter le hacían pensar que ella se merecía cualquier cosa en pago de la gran bondad de quererle a él, pero ella, aunque tenía cierto carácter, no lo tenía del todo. Había sido lo bastante decidida como para llevar a cabo su voluntad a pesar de su hermano, pero no lo bastante como para impedirse lamentar sin razón la cólera irrazonable de su hermano, o echar de menos los lujos de su anterior hogar. Vivían por encima de sus rentas, pero aun así no era nada en comparación con Enscombe; ella no dejaba de querer a su marido, pero quería al mismo tiempo ser la mujer del capitán Weston y la señorita Churchill de Enscombe.
El capitán Weston, de quien pensaban todos, especialmente los Churchill, que había hecho una boda sorprendente, resultó haber llevado la peor parte; pues al morir su mujer al cabo de tres años de matrimonio, era más pobre que antes, y con un hijo que mantener. Del gasto del hijo, sin embargo, pronto quedó aliviado. El niño, con el añadido de un motivo de enternecimiento que fue una larga enfermedad de su madre, había sido el medio para una especie de reconciliación, y el señor y la señora Churchill, no teniendo hijos, ni ningún otro pequeño de igual parentesco de que cuidarse, ofrecieron tomar al pequeño Frank a su completo cargo, poco después de morir ella. Es de suponer que el padre viudo sentiría algunos escrúpulos y alguna reluctancia, pero, como fueron superados por otras consideraciones, se entregó al niño al cuidado y la riqueza de los Churchill, y él solo tuvo que buscar su propia comodidad y mejorar su situación como pudiera.
Se hizo deseable un completo cambio de vida. Dejó la milicia y se dedicó al comercio, teniendo ya hermanos bien establecidos en Londres, lo que le ofrecía una apertura favorable. Era una actividad que le ofrecía solo suficiente empleo. Tenía todavía una casita en Highbury, donde pasaba casi todos sus días de ocio, y, entre la ocupación útil y los placeres de la sociedad, discurrieron alegremente los siguientes dieciocho o veinte años de su vida. Para entonces, ya había logrado cómodos medios de vida, lo suficiente para adquirir una finquita junto a Highbury, que siempre había deseado, y lo suficiente para casarse con una mujer tan sin bienes incluso como la señorita Taylor, y vivir conforme a los deseos de su familia y su carácter sociable. Hacía ya algún tiempo que la señorita Taylor había empezado a influir en sus proyectos, pero como no era el influjo tiránico de la juventud sobre la juventud, eso no había alterado su decisión de no asentarse nunca hasta que pudiera adquirir Randalls, y la venta de Randalls fue anhelada durante mucho tiempo, pero había seguido firmemente adelante, con esos objetivos a la vista, hasta que se obtuvieron. Había hecho su fortuna, comprado su casa y obtenido su mujer, y empezaba una nueva época de su vida, con toda probabilidad de mayor felicidad que ninguna época pasada. Nunca había sido infeliz; su propio carácter se lo había evitado, aun en su primer matrimonio, pero el segundo debía mostrarle qué deliciosa puede ser una mujer de buen juicio y verdaderamente amable, y debía darle la grata prueba de que era mucho mejor elegir que ser elegido, producir gratitud que sentirla.
Solo tenía que complacerse a sí mismo en su elección: su fortuna era suya, pues en cuanto a Frank, le criaban más que tácitamente como heredero de su tío, y había sido una adopción tan reconocida como para hacerle asumir el apellido Churchill en su mayoría de edad. Era muy improbable, pues, que necesitara jamás la ayuda de su padre. Su padre no tenía miedo de eso. La tía era una mujer caprichosa, y gobernaba por completo a su marido, pero no entraba en la naturaleza del señor Weston imaginar que ningún capricho fuera lo bastante fuerte como para afectar a alguien tan querido, y alguien, según creía, tan merecidamente querido. Veía a su hijo todos los años en Londres y estaba orgulloso de él, y sus cariñosas noticias sobre él como un joven excelente habían hecho que Highbury sintiera también cierta especie de orgullo en eso. Se le consideraba lo suficientemente perteneciente al sitio como para hacer que sus méritos y perspectivas fueran una suerte de interés común.
El señor Frank Churchill era una de las glorias de Highbury, y allí reinaba una viva curiosidad por verle, aunque esa benevolencia era tan poco correspondida que no había estado allí en toda su vida. Se había hablado muchas veces de que vendría a ver a su padre, pero nunca se había realizado.
Ahora, al casarse su padre, todos supusieron, como atención muy adecuada, que tendría lugar esa visita. No hubo ni una voz que disintiera sobre el tema, ni cuando la señora Perry tomó té con la señora y la señorita Bates, ni cuando la señora y la señorita Bates devolvieron la visita. Ahora era el momento de que viniera entre ellos el señor Frank Churchill, y esa esperanza se robusteció cuando se supo que había escrito a su nueva madre en esa ocasión. Durante unos pocos días, todas las visitas de por la mañana en Highbury incluyeron alguna referencia a la bonita carta que había recibido la señora Weston. «Supongo que ha oído hablar usted de la bonita carta que ha escrito el señor Frank Churchill a la señora Weston. Entiendo que es una carta muy bonita, efectivamente. El señor Woodhouse me lo ha contado. El señor Woodhouse vio la carta, y dice que nunca ha visto una carta tan bonita en su vida.»
En efecto, fue una carta muy estimada. La señora Weston, por supuesto, se había formado una idea muy favorable del joven, y tan agradable atención era prueba irresistible de su buen sentido, y un añadido muy bien recibido a todas las felicitaciones que le había procurado ya su matrimonio. Se sentía una mujer muy afortunada, y había vivido lo suficiente para saber qué afortunada se la podía considerar, ya que lo único de lamentar era una separación parcial de unos amigos, cuya amistad hacia ella no se había enfriado nunca, y que apenas podían soportar separarse de ella.
Sabía que a veces debían de echarla de menos, y no podía pensar sin dolor en que Emma perdiera un solo placer o sufriera una hora de aburrimiento por la falta de su compañía, pero la querida Emma no era de carácter débil; estaba más a la altura de la situación de lo que habrían estado la mayoría de las jóvenes, y tenía un juicio y una energía y un ánimo que cabía esperar que la sostendrían bien y felizmente a través de sus pequeñas dificultades y privaciones. Y además había un consuelo en la cómoda distancia de Randalls hasta Hartfield, tan fácil incluso para un paseo femenino a solas, y en el carácter y circunstancias del señor Weston, que, en la temporada que se acercaba, no pondría inconveniente a que pasaran juntas la mitad de las veladas.
Su situación, en conjunto, era motivo de horas de agradecimiento para la señora Weston, y solo de momentos de lamentación; y su satisfacción, más que satisfacción, su alegre disfrute, era tan justo y evidente que Emma, aun conociendo a su padre, a veces se sentía sorprendida de que siguiera siendo capaz de compadecer a «la pobre señorita Taylor», cuando la dejaban en Randalls en medio de toda comodidad doméstica, o la veían marcharse al anochecer acompañada de su agradable marido en su coche propio. Pero nunca se marchaba sin que el señor Woodhouse lanzara un suave suspiro y dijera:
—¡Ah, la pobre señorita Taylor! Le gustaría mucho quedarse.
No había modo de recuperar a la señorita Taylor, ni mucha probabilidad de que él dejara de compadecerla, pero unas pocas semanas le trajeron algún alivio al señor Woodhouse. Se habían acabado los cumplidos de sus vecinos, ya no le molestaba que le desearan alegría por un hecho tan triste, y el pastel de boda, que tanto le había trastornado, estaba más que comido. Su estómago no podía soportar nada sustancioso, y jamás podía creer que los demás fueran diferentes de él. Lo que a él le sentaba mal, lo consideraba como inadecuado para cualquiera, y, por consiguiente, trató de disuadirles de que hubiera pastel de bodas en absoluto, y, cuando ello resultó inútil, trató con igual empeño de que nadie lo comiera. Se había tomado la molestia de consultar al señor Perry, el boticario, sobre el tema. El señor Perry era un hombre inteligente y distinguido, cuyas frecuentes visitas eran uno de los consuelos de la vida del señor Woodhouse, y, al ser consultado, no pudo menos de reconocer (aunque parecía más bien contra la tendencia de su inclinación) que el pastel de bodas podría ciertamente sentar mal a muchos, quizá a la mayoría, a no ser que se tomara con moderación. Con tal opinión, confirmadora de la suya, el señor Woodhouse tenía esperanzas de influir en todos los visitantes de los recién casados, pero sin embargo el pastel se comió, y no hubo descanso para sus benevolentes nervios hasta que se acabó todo.

Hubo un extraño rumor en Highbury de que a todos los pequeños Perry se les había visto con una porción del pastel de bodas de la señora Weston en la mano, pero el señor Woodhouse no lo quiso creer jamás.

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